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viernes, 14 de junio de 2013

Miedo

Ordenaron colocarle una venda en los ojos y se paró el mundo, su mundo. ¿No tenemos acaso cada uno nuestro propio universo? ¿Un universo creado a imagen y semejanza de nuestros sueños y aspiraciones?
Ella también lo tenía. Pero llegó el horror y la barbarie y su creación fue desquebrajada. La venda no solo le tapaba los ojos, la venda segaba sus esperanzas, amputaba sus recuerdos, talaba sus ideas, nublaba su razón. Ya no sentía, ya no creía, ya no era ella.
Lo habían conseguido.


domingo, 26 de mayo de 2013

Razón, cuerpo y alma

Todo comenzó un viernes cálido, colmado de luz, rebosante de paz. Que bonito era despertarse con un sol radiante, ducharse con agua fría e ir paseando hasta el trabajo.
Al igual que todas las mañanas entró en la oficina con paso firme, saludó a sus compañeros y se sentó en su puesto. Como melodía de fondo se escuchaba el alboroto de papeles, el sonsonete de las risas, ecos de tacones. Puro bullicio, pura calma. Era su vida y era feliz.
El teléfono sonó.
Bastaron cinco segundos para demoler su existencia, para hacerla pedazos.
Se dirigió inmediatamente al hospital pero ya solo consiguió oír su respiración. Lo encontró tumbado en una cama fría, impersonal, vacío, sin esencia. Y es que se le estaba yendo el alma, se le escapaba por los poros de la piel, se despedía de ella con un adiós para siempre.
Se fue para no volver. Se fueron sus gestos, sus muecas, sus miradas, su manera extraña de doblar los dedos, su sonrisa, su característica forma de caminar. Se fue.
Ella estaba paralizada, miraba por la ventana la montaña teñida de fuertes colores que acogían el alma recién escapada. Sumida en una hecatombe mental que no le permitía reaccionar, abandonó su juicio, permitió escapar su cordura.
Ese día hubo tres pérdidas, un cuerpo, un alma y una razón. Tan sólo una de ellas fue irreversible.
Ella sobrevivió a base de desidia. Sumida en un completo abandono se convirtió en un cuerpo deambulante, sin espíritu, que rellenaba cada día con rutina.
El teléfono sonó.
Se dirigió sin emoción al hospital a conocer a su primer nieto. Dormía apaciblemente en la cuna y sus pequeños deditos permanecían doblados de una manera peculiar, como los curvaba su abuelo.
Ella miró por la ventana y vio la misma montaña que en su día acogió a un alma y a una razón que llegaron cogidas de la mano. Ahora el monte las dejaba partir, volvían juntas para seguir, para quedarse.