Todo comenzó un viernes
cálido, colmado de luz, rebosante de paz. Que bonito era despertarse
con un sol radiante, ducharse con agua fría e ir paseando hasta el
trabajo.
Al igual que todas las mañanas
entró en la oficina con paso firme, saludó a sus compañeros y se
sentó en su puesto. Como melodía de fondo se escuchaba el alboroto de papeles, el sonsonete de las risas, ecos de tacones. Puro bullicio,
pura calma. Era su vida y era feliz.
El teléfono sonó.
Bastaron cinco segundos
para demoler su existencia, para hacerla pedazos.
Se dirigió
inmediatamente al hospital pero ya solo consiguió oír su
respiración. Lo encontró tumbado en una cama fría, impersonal,
vacío, sin esencia. Y es que se le estaba yendo el alma, se le
escapaba por los poros de la piel, se despedía de ella con un adiós
para siempre.
Se fue para no volver. Se
fueron sus gestos, sus muecas, sus miradas, su manera extraña de
doblar los dedos, su sonrisa, su característica forma de caminar. Se
fue.
Ella estaba paralizada,
miraba por la ventana la montaña teñida de fuertes
colores que acogían el alma recién escapada. Sumida en una
hecatombe mental que no le permitía reaccionar, abandonó su
juicio, permitió escapar su cordura.
Ese día hubo tres
pérdidas, un cuerpo, un alma y una razón. Tan sólo una de ellas fue
irreversible.
Ella sobrevivió a base
de desidia. Sumida en un completo abandono se convirtió en un cuerpo deambulante, sin espíritu, que rellenaba cada día con rutina.
El teléfono sonó.
Se dirigió sin emoción
al hospital a conocer a su primer nieto. Dormía apaciblemente en la
cuna y sus pequeños deditos permanecían doblados de una manera
peculiar, como los curvaba su abuelo.
Ella miró por la ventana
y vio la misma montaña que en su día acogió a un alma y a una
razón que llegaron cogidas de la mano. Ahora el monte las dejaba partir, volvían
juntas para seguir, para quedarse.